1.4.07

Las cosas que se fueron

Los hombres estamos hechos de hartazgos y carencias; de vidas plácidas y turbulentas; de combinaciones extrañas entre lo que atesoramos y desechamos.
Ejemplos hay demasiados: el hambre es una carencia; la saciedad es su antinomia. Y en este juego perverso de contrastes se desliza la existencia humana.
Pero en las carencias, hay todo un tema. Porque el hombre parece ser esclavo de la ausencia. Cuando se tiene a una mujer, en muchos casos no se la reconoce. Sin embargo, cuando esa mujer no está comienza el recuerdo y la añoranza. Le pasa a muchos viudos. Hay algunos (vaya uno a saber por qué remordimiento o culpa) se la pasan rememorando a la ausente, en un fúnebre estado de ánimo. Son los viudos (o viudas) sin consuelo, los que siguen hablando del o la finadita hasta el aburrimiento.
Hay un sin fin de cosas que se van, casi a diario, al arcón eterno. Nuestra infancia, por ejemplo. El poeta español Manuel Alcántara le preguntó, una vez, al amigo que encontró frente a una vidriera llena de masitas: "¿te estás comiendo la infancia?". En esa añoranza, seguramente plena de aromas que trae desde el tiempo la memoria, ese amigo recordaba algún episodio de sus pocos años.
Entre nosotros, es mucho lo que se ha ido. A nivel personal y colectivo. Aquellos juegos como el "San Yordi monta la burra", las bolitas, la tapada, el ainente, el rango y mida, han desaparecido del léxico de todos. Y con ellos desaparecieron las series en los cines, el carro de la Panificación, el pollero vendiendo animales vivos por la calle, el lechero a domicilio, el asado al horno hecho en la panadería, el licor de huevo y el anís "8 hermanos".
Y va desapareciendo los ravioles caseros de la vieja, servidos en domingo, el infaltable patio de las casas, el turco que vendía a plazos, los amigos que se distancian demasiado...
Estamos construidos por estas ausencias y si bien cada día nos trae presencias nuevas, la nostalgia por lo que se ha ido puebla nuestros corazones y es lo que más resaltamos a la hora de dar testimonio de nosotros mismos.
"Todo tiempo pasado fue mejor" -dice un viejo refrán popular. Sabemos que no es cierto. Pero qué importa. Seguramente fue mejor para cada uno de nosotros porque éramos jóvenes, teníamos más salud que ahora, la vida no había golpeado demasiado (como suele hacer, con cada viviente, la vida)y todo ese paisaje llega a parecer exquisito, eterno, mágico.
Y en ese perverso juego de la memoria, salimos descubriendo excelencias en cosas que, tal vez, en su momento, no le dimos importancia o la tratamos con indiferencia o las olvidamos. Como ocurre con los amores ¿vieron?
!Qué raros somos los humanos! !Qué inconstantes y qué poco condescendiente solemos ser con el presente!
En países como el nuestro donde es tan difícil y complicado imaginar el futuro, vivimos más para el recuerdo y la emoción que para la proyección.
Y somos, entonces, nostalgiosos, hacemos una industria de los recuerdos, llamamos al pasado para que se convoque, perentoriamente, así podemos hacer un culto de él.
¿Está bien? ¿Está mal? No sé ni me importa. Pero, en este preciso momento, me llega un aroma a albahaca que cruza el patio y lo veo a mi viejo arreglando una canilla y a mi vieja colando los fideos. Habrá fideos con pesto (entrego mi reino por este plato) y, desde la parra, baja un aire a domingo y un tango rezongón se escapa de una radio capilla y la pelota de goma se me va despacito a esperarme detrás de una maceta...
Ah, qué fuerza tiene el pasado cuando es capaz de atravesar el tiempo y decirnos que somos esclavos de los recuerdos...que vivimos, como decía Rilke, con una sola patria: la de la infancia...

ROBERTO DIAZ

(Escritor, poeta, periodista, traductor de habla inglesa, autor de canciones, con premios nacionales e internacionales)

1 comentario:

Teresita dijo...

El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos...
Y con nostalgia rescatamos el recuerdo.
Así en marzo en mi baúl de los recuerdos publiqué Ayer y hoy comparando nuestra niñez y la actual.